Anecdotario

Antes de nada, quería disculparme por no haberos escrito el viernes pasado… Empiezas a hacer algo, te lías, una cosa lleva a la otra, y al final acabas comiendo roscón de reyes en un pub cercano… En fin, que no siempre me va a ser posible, pero intentaré seguir aquí cada viernes.

Supongo que el que más y el que menos, habrá visto alguna cabalgata de reyes. Pues bien, a mí me tocaba estar en una. ¿Alguna vez habéis visto una cabalgata “desde dentro”? Es decir, desfilando en ella. No os lo deseo, jeje. Se pasa muy bien, eso es cierto, pero las de reyes son las peores (ya tengo experiencia en varias). Prefiero carnavales, o el desfile de peñas, incluso.

Desfilar en una cabalgata conlleva varios problemas. El primero, que además es el más gordo y desencadena todos los demás, es que el ayuntamiento te da cada año menos caramelos, pero cada vez hay más gente. Consecuencia: A mitad de camino no tienes un solo dulce. Y bueno, tú que eres adulto y responsable, has sido previsor y los has ido tirando de uno en uno, no has tirado cuando estáis parados y además, no le das a nadie en el paraguas, la bolsa de la compra, el bolsillo, la gorra, o la mano (por cierto, ahora os cuento una nueva forma de pedir caramelos). Pero… No vas sólo, llevas a un montón de niños, los cuales, por mucho que les digas, se empeñan en lanzarlos a dos manos a diestro y siniestro. Y si encima ven a alguien conocido, pa’ qué queremos más.

Por si fuera poco, tiene que controlar a la gente… No, no me refiero a la gente que desfila contigo, sino a los de fuera. Los peores, los ancianos. Ves al hombre con el bastón, con su boina, medio agachado porque no puede mantener recta la espalda, cojeando, etc… ¡Y de pronto se le iluminan los ojos! ¡Ha visto un caramelo debajo del camión! No os imagináis, los rápidos que pueden ser estos personajes. Tira el bastón al aire, se lanza en plancha hacia el desfile, rueda por el asfalto, coge el caramelo, vuelve a rodar hacia atrás, pega un salto para ponerse en pie, agarra el bastón mientras cae, y se pone delante de ti con una bolsa del Caprabo diciendo: “Por favor, un caramelito para el nieto”.

En todo ese periodo, a ti sólo te ha dado tiempo echar el brazo hacia atrás para el próximo lanzamiento. Igual que en Matrix.

Luego están los graciosillos. Mientras más alto eres (lo digo por experiencia), más fácil es que seas el blanco de los caramelos que recoge la gente. Menos mal, que últimamente los tiramos de gominola, pero aún así más de un ojo se ha visto perjudicado. Además, el racismo sigue siendo un hecho innegable. Quien diga que no, que mire al pobre Baltasar, que siempre recibe más dulces de los que regala. Eso sería bueno si no se los tiraran a traición, que la corona se la tiene que pegar con Loctite para que no se le caiga de los impactos.

Al final, siempre te termina pasando algo de película. Estaba un compañero de asociación desfilando, tan tranquilo él, vigilando que los abuelillos no se metieran debajo del trailer, cuando una avispada niña se le acerca y, ofreciéndole su pierna ortopédica, le pregunta: “¿Me la llenas de caramelos, por favor?”. Imaginaos la cara que se le quedó. Aún hoy tiene un rictus algo incomodo que junta su labio inferior con la oreja derecha.

Menos mal que al final, siempre nos queda el roscón. Pedazo de roscón que compré, que venía la familia de Mirian a juntar y repartir todos los reyes, nos juntamos unos 10 o 12 personas, y sobró al menos un cuarto del bollito. Lo mismo que el que nos vendieron en la 28, menudos timadores.

Bueno chicos, os dejo que tengo que irme a comer, que con esto me está dando un hambre que da calambre. Espero poder escribir el próximo Viernes, y si no, siempre nos quedará París.

La paz sea con vosotros (y con vuestro espíritu).

Anuncios