Sin fuerzas para perder

Acéptalo. Sé que una vez fui tu mejor error. O puede que fueran dos veces, no lo recuerdo. Lo que sí sé es que siempre estuve allí para recordártelo. La mitad de mi ser se fundió con tu mirada nada más encontrarnos, y desde entonces voy a medias con la vida. Ni siquiera sé por qué te escribo esto, si ahora no eres nada ni nadie, si nunca lo fuiste.

Ayer, mientras caminaba por los sueños de otro, se me cruzó un malhumorado Jack Nicholson con la cara toda pintarrajeada, y me preguntó aquello de: “¿Has bailado alguna vez con el diablo a la luz de la luna?”. Sigue leyendo

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Tan sólo palabras

Después de despotricar con cariño contra el señor Mejide, mostrando mis sentimientos en cuerpo y arma arrojadiza, toca uno de esos momentos en los que los versos se vuelven tan necesarios como comer un buen plato de pasta a la carbonara. O como más te guste. Y elaborada con arroz, si es que no toleras el gluten, no se te vaya a indigestar y luego me echas la culpa de tu sumisión al hacer tan sólo lo que he sugerido en esta entrada… Que no gano para sustos y no me gustaría encontrarme con una demanda por temeridad al incitarte a consumir productos nocivos para la salud y el bolsillo, en plan estadounidense (mal)educado en el capitalismo.

Así que allá vamos, esperando no aburrir al personal con palabras descarriadas:

Tan sólo palabras

Y si la noche acaba
en un estertor de vida
deja que sean tus labios
los que desarmen mi mirada,
abriendo y cerrando
al compás del verbo
esa garganta tuya
que clama venganza.

Si los poderosos tuvieran
en su alcoba tu conciencia
podríamos darnos por vivos.
¡Viva la vida sin lastre!
pero si no tengo tu latido
la parca sabe donde encontrarme.

Mejor muerto que enterrado.

Deja que tu roja sangre
se convierta en sabia*
de los sauces
llorones que gobiernan
las amplias llanuras
repletas de ánimas encontradas.

Llena mi vaso de verdades
que beberemos a la luz de las ráfagas
provocadas de forma preventiva
por almas de desolación masiva,
cansadas de ser disparadas
a un vacío de soledades.

Cuando todo esté vencido,
deja tu sudor sobre la mesa
y tu voz en el cajón de la entrada.
Otros cogerán el testigo
haciendo de tus noches mi causa,
por la que siempre lucharemos
aunque se nos agoten las batallas.

Gracias por la palabra.

*No, no es un error ortográfico. Es intencionado.

Envidia insana

“No se trata de no tener enemigos, porque eso es tan imposible como tener demasiados amigos. Lo que sí tiene sentido es vivir lo suficiente como para que tus enemigos, algún día, desde su intimidad más inconfesable, no lo puedan evitar y por un momento… se avergüencen de serlo.”
Risto Mejide. El pensamiento negativo.

Me he visto en la obligación más pura de citar a tan carismático personaje al leer sin tregua sus malditas palabras. Malditas digo, porque no sé que oraciones heréticas pronuncia antes de escribir cada uno de sus artículos, que casi siempre crean la necesidad imparable de llegar hasta el final, y te dejan con más sed de la que sacian, que es mucha.

Cada viernes recorro ansioso las insulsas páginas del diario ADN, insulsas como las de (casi) cualquier diario actual, hasta llegar expectante a las puertas de la redención mediática, que son sus “hartículos“, siempre con hache, para molestar un poco más, supongo. Si existiera un Risto en cada publicación, tendríamos una visión mucho más honesta de las mismas. Con un par (de Ristos), ya estaríamos hablando de revolución en la prensa.

El caso es que, cuando termino de leer el escrito de Mejide, me quedo con una sensación desbordante de haber metido la pata hasta el fondo. No por haber leído con tantas ganas la columna, no. Sino por darme cuenta de que el muy “…” tiene toda la razón del mundo, y hace mucho tiempo que salí del camino de baldosas amarillas, perdiendo completamente el rumbo.

Le odio.

Le odio por cómo escribe. Le odio por como piensa. Le odio por como vive. O por cómo dice vivir. Le odio por tantas cosas, que ya no me cabe más odio en mi baúl de sentimientos, y sin poder evitarlo estoy desbordando este odio a mi alrededor, contagiándolo en el más doloroso de los “te lo dije”.

Y como todo odio que se precie y se deje nombrar como tal, éste mío nace de la más cochina de las envidias.

El día que consiga acercarme a su grandeza literaria y librepensante, el día que consiga que todas las críticas destructivas me resbalen por la piel como gel de ducha barato, el día que sea capaz de crear, como los crea él, un juego de palabras tan mordaz y espontáneo como para hacer llorar de ingenio a un pobre aprendiz de mago… Entonces, decía, y sólo entonces, será cuando me atreva a gritar a los cuatro vientos que, si alguna vez fui escritor, se lo debo todo a mis vivencias. Hasta ese instante, sólo seré un pobre diablo que nunca pudo molestar a nadie. Hasta ese día, seré un recolector de palabras necias, incapaz siquiera de conseguir que mis “enemigos, desde su intimidad más inconfesable, se avergüencen de serlo“.

De momento, me conformaré con ser aquél que se avergüenza de ser enemigo de otro. Y con parafrasear a los grandes, que para eso no es necesario ser ningún genio.

Como diría aquél: Muy buenas noches y mala leche.

My birthday

No entiendo muy bien qué tiene de especial un día como éste. Es mi cumpleaños, sí, pero ¿qué celebramos?

A menudo deseamos que todo acabe, deseamos no haber nacido, deseamos que el mundo explote. Bajamos la guardia y nos dejamos embaucar por el miedo, la desidia, el desdén. Caminamos con el alma sin afeitar y con el corazón desaliñado. Dejamos que nuestras ideas caminen por la calle en pijama, sin llamar la atención, sin adornarlas con las necesarias joyas que otros se empeñan en regalarnos. Caemos en la desesperación mientras miramos cómo el mundo se desarma en pedacitos, los mismos pedacitos que luego se reparten los poderosos, y pensamos: “¿Qué más da?”.

Pero, de pronto, llega el día de nuestro cumpleaños. Por alguna razón desconocida, los males del mundo salen disparados por la ventana. Los espantos huyen como huirían de la daga sutil. Las sombras explotan y los rincones más sucios se llenan de luz. Cogemos con las dos manos el cáliz de madera, el santo Grial, y como un Indiana Jones de contrabando arrojamos su contenido, el elixir de la vida, sobre las heridas de nuestros semejantes. Salimos de la armadura oxidada que un día nos convirtió en caballeros, y decidimos convertirnos en personas. Merlín nos ofrece una copa de vida. Adenar de Amaula nos libera de los insectos que dictan nuestros pensamientos. Por un día, somos libres. Por unas horas, somos generosos. Por unos momentos, somos amables. Por unos instantes, somos humanos.

Y vuelve el día siguiente y, también sin saber por qué, volvemos a encajarnos nuestra coraza, con el afán de lidiar con otros caballeros, matar dragones y rescatar princesas. Volcamos la copa que Merlín nos ofrece. Volvemos a mandar al joven Adenar al manicomio del que rescatamos. Volvemos a cerrar las ventanas dejando dentro la maldad. Atraemos a los espantos, rompiendo la daga sutil. Volvemos a agarrar el cáliz de oro y a beber de su líquido oscuro y nauseabundo, tirando al vacío el santo Grial.

Entonces ¿qué ha cambiado? ¿por qué durante un día, el mundo nos parece maravilloso, y el resto del tiempo es un prueba que nunca podremos superar? La verdad, no lo sé. Pero creo que nuestra actitud tiene mucho que ver. Cuando crecemos, nos volvemos huraños. Guardamos nuestros mejores momentos en un baúl, esperando que nadie, nadie, nadie los toque hasta que decidamos sacarlos a la luz, una o dos veces al año, como si se fueran a gastar.

Las sacerdotisas que custodiaban el caldero sagrado me enseñaron algo: “una energía gastada atrae una energía similar”. Enseñaban a sus discípulos que, si sólo les quedaba una moneda, la gastaran, porque eso haría que volvieran más. Quizá con las monedas no funcione tan bien como ellas esperaban, pero por la experiencia que puedo tener con mis recién cumplidos veintiseis años, puedo asegurar que sí funciona con los sentimientos. Aquello que damos, seguramente lo recibiremos de vuelta y con mucha más fuerza. Por eso creo que es importante que demos lo mejor de nosotros. Que los demás perciban nuestra alegría, nuestra paz, nuestra esperanza y, sobre todo, nuestra amabilidad. Lo que los demás perciban de ti, será lo que más fácilmente te ofrecerán. Y por usarla a raudales no se nos va a gastar, os lo aseguro.

Éste ha sido un cumpleaños grandioso, lleno de riquezas, y vosotros habéis conseguido enaltecerlo más todavía. Hoy he estado varias veces con los sentimientos a flor de piel y las lágrimas incipientes simplemente por leer vuestros comentarios. Sois un gran regalo. Yo os he mostrado mis sentimientos y, en respuesta, me habéis acariciado con vuestra alma. La novena regla de las sacerdotisas se ha cumplido conmigo. Espero y deseo que a vosotros también os esté pasando.

Muchos son los que me dicen que ya soy un año más viejo. Yo prefiero pensar que, gracias a experiencias como ésta, soy un año más sabio.