La hora

Es la hora,
la que todos estábamos esperado,
la que nunca llega.
Pero un día
al volver la vista atrás
te darás cuenta de que ya pasó.

Todo murió y volvió a nacer.
El tiempo todo lo borró
y dibujó nuevas sonrisas
por las que perecer
y revivir y reír y sentir
y jugar y correr y volar
y hablar y dormir y amar.

“La vida es un ratico”
dice un cantor de hoy.
Pero los raticos se pasan volando.
Nada es hoy lo que será mañana.
Nada fue ayer lo que será mañana.
Nadie sabe si realmente habrá mañana.

Nada y todo
todo y nada.
Cuando grito al mundo y escucho nada
cuando el mundo grita y escucho todo.

Aquello que nunca fui
aquello que quizá seré
aquello que no sé si soy.

Los fantasmas de las vanidades
pasadas, presentes y futuras
vuelven a visitarme
como a un Dickens de alquiler.
No malgastes tus ojos conmigo,
no leas mis lamentos
nunca mis gemidos.

Abrázate al árbol que nació
de la semilla del vencido,
que sólo puede perder la batalla
aquél que alguna vez ha luchado.

Merece la pena dejarse la piel en el camino
aunque al final de tus días
no venga a cantarte el mirlo.
Lo andado es lo vivido.

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Concurso Microrelatos de FNAC

La medianoche se convirtió en el albor de los tiempos. Las fuerzas me fallaban mientras me obligaba a mí mismo a seguir un poco más. Quedaba poco y temía el final. Nunca fui bueno para esto. Siempre me queda un vacío imposible de explicar. Pero aún así, tenía que avanzar… ¡Quedaba tan poco!

Me di cuenta de que el final también me temía a mí. Temía mis impresiones, mi crítica, mis comentarios, mi vacío de soledades, mi sentimiento de culpa, mi bolsillo de guardar, mi contacto con sus respuestas, mi lidiar con sus palabras, mi amor y mi odio.

Y como el resto de los temores, este también se tornó sólido. El grosor de una hoja de papel era el elemento clave que proporcionaría todas las repuestas. Con un esfuerzo soberano, pasé por fin la última página. Su contenido me dejó sin aire. Ya no busco respuestas, sólo tus palabras.


Este microrrelato fue escrito para un concurso organizado por FNAC. Describí esa sensación que te queda cuando pasas la última página porque el tema principal a tratar era “el libro”, y es tan cortito porque la extensión tenía que ser de 150 palabras.

El día que conocí a Risto Mejide

Hoy ha sido el último día, este año, de una de las más memorables ferias que inundan Madrid en los momentos más hermosos del año. Y es que, como cada año, la feria del libro abrió sus puertas durante quince días, para cerrarlas durante otro largo periodo que a mí siempre me ha parecido eterno.

Me encantaría vivir en la capital, y pasearme cada jornada de estas dos preciosas semanas por el parque del retiro, entrar por la puerta del ángel caído y pasear hacia un universo de autores y editores, un suelo poblado de páginas escritas con las mejores y peores intenciones, donde crecen enormes árboles de ingenio y sopla suavemente un aire de cultura imposible de encontrar en cualquier otro lugar del mundo.

Me gustaría poder conversar, aunque tan sólo fuera cruzar un par de frases, con todos los autores que pueblan las avenidas ilustradas con los más bellos poemas, los ríos de tinta que corren paralelos a la sangre de mis venas, y recoger de cada uno de ellos esa esencia que se hace vital para la supervivencia de mi especie.

Leo, luego existo.

Escribo, luego otros existen para mí.

Y de entre todos los autores a los que podría haber saludado en un acto de tal esplendor, se me ocurre acercarme al (e)stand donde firma ejemplares el (probablemente) más odiado de los escritores conocidos.

Hablo, cómo no, de Risto Mejide.

Van seis ediciones de su libro en unos cuatro meses, y todavía hay quien piensa que se debe tan sólo a su condición de famoso. Pues qué quieren que les diga, conozco personas que rehuyen sus escritos tan sólo por ser quien es, por lo que su fama es tan productiva como todo lo contrario.

Lo que pasa es que, cuando lees a Risto, ya no puedes parar. Una anécdota: En los últimos años, sólo recuerdo tres libros que haya empezado a leer mi hermana. Probablemente haya empezado alguno más, pero yo no recuerdo.

El primero de esos libros, como izquierdista que es ella, se titula “Diario de un Skin”, de Antonio Salas. Supongo que la mayoría lo conoceréis. Es la historia del propio autor, el cual se cuela en distintas organizaciones nazis, y da numerosos datos sobre las mismas, de tal manera que algunas han podido desmantelarse gracias a su actuación.

El segundo, y por recomendación de una amiga suya, se llama “Veronika decide morir”, de Paulo Coelho. La verdad es que no lo he leído, pero siendo de Coelho, me imagino un poco la temática del mismo…

Ninguno de esos dos libros los ha terminado.

El tercer libro que ha empezado a leer recientemente, y que no sé si terminará esta vez, es “Pensamiento Negativo. Acierta mal y pensarás”, de Risto Mejide. Un personaje al que mi hermana odiaba y al que, movida por la curiosidad que le transmitíamos tanto yo como el resto de mi familia, ha empezado a leer con tal fuerza que, a día de hoy, va nombrándolo por todos los sitios a los que va. Como el mismo Risto me dijo ayer, refiriéndose al hecho de incitar a leer a alguien que, generalmente, no lo hace: “algo bueno tenía que tener”.

“A pesar de los pesares”, contesté yo con tono irónico. Como respuesta recibí un asentimiento y una sonrisa cómplice. En ese momento, Risto estaba firmando el libro de mi hermana, que llevaba mi madre en la mano, ya que ella no había podido acudir a la cita.

– Para Belén, es mi hija.
– ¿Es que a ti no te gusta?
– Me gusta mucho, lo que pasa es que me lo vio y se lo ha quedado
– Entonces pondré: “Para Belén, cuya madre tiene un gusto literario excelente”. Así nos piropeamos mutuamente.

Es mi turno:

– Buenas tardes Risto.
– Buenas tardes, ¿que tal?
– Bien, dedícalo a Samuel y Mirian. ¿Te puedo hacer una crítica?
– Claro
– Pues verás: “Bla, bla, bla…”
– No es la primera vez que me lo dicen, y tomo nota. Muchas gracias.
– Gracias a ti, por nombrarme en el ADN, en el último “Por alusiones”
– ¡Ey, tú eres un seguidor de los fieles!

Durante la conversación, Mirian, a mi lado, permaneció totalmente callada. Me retiré no porque tuviera ganas, sino porque veía que la gente de detrás iba a empezar a quejarse si no me apartaba de una vez… Lástima, me hubiera gustado continuar la conversación. Otra vez será. Espero. Quizá para su próximo libro. Quizá para mi primer libro. Si es que llega a existir algún día cualquiera de los dos.

El día que te merezca habré hecho tanto por ti como lo que tú ya has hecho por mí. Poner cara de que estás conmigo cuando nadie más lo está. Y ponerla hasta partírtela si hace falta por cualquier tontería indefendible que se me caiga de la boca. Hacer ver que tengo razón aún cuando ya hace rato que me la quitan de las manos, oiga.

Risto Mejide. El día que te merezca. En ADN.es el 13 de Junio de 2008.