La larga espera

No sé cuánto tiempo estuve esperando aquél encuentro.

La lluvia golpeaba mis zapatos como si quisiera limpiar todo el mal que llevaban grabado. El arco iris dibujaba una ridícula ilusión en un mundo que no paraba de morir sobre sus propios cimientos. Nunca se me dio bien acariciar el futuro, más bien solía darme de bruces con los acontecimientos.

Mientras esperaba, con el rostro empapado y el abrigo forrado de cristales de hielo, decidí encender un cigarrillo para entrar en calor. Ya no los hacen como antes, ya no huelen a revoluciones. Sin embargo, me sabía a vida. En los momentos más grises, los pequeños placeres son los que nos ayudan a mantener el control.

No era el único que esperaba. La puerta del sol siempre es un lugar de encuentro. La gente pasaba, o bien se quedaba quieta, mirando la desmadejada placa del kilómetro cero, rodeándola, como si no fuera el inicio de todas las carreteras, sino el de todas las esperanzas. Y la mía empezaba a flojear. Los tenues rayos de sol que se colaban entre las nubes de lluvia no lograban levantarme el ánimo. Tú no llegabas, y el castillo de sueños que había formado en mi mente horas antes se había cubierto de hiedra y musgo a falta de princesa que lo habitara.

Es demencial la cantidad de imágenes que pueden cruzarse en el pensamiento mientras esperas vivir. Imaginé que no estaba en pleno Madrid, sino en un desierto de sol, en el que un alquimista de tres al cuarto intentaba regalarme lecciones de vida, como si la vida no fuera lo suficientemente instructiva por sí sola. A base de golpes y dientes rotos, por supuesto. Sonreí para mis adentros, recordando que sólo aquél que alguna vez ha tenido alguna oportunidad puede permitirse el lujo de disfrutar con lo poco que nos ofrece el mundo. No me imagino a ninguna familia etíope mirando al destino con la sonrisa en los labios, por mucho que los libros y las canciones nos cuenten cómo debemos disfrutar de todos los momentos, cómo debemos escuchar las señales. En el vacío que dejan los caciques, el sonido se dispersa y muere. No existen ni los latidos.

Según avanzaba la mañana y se iba despejando el cielo, las bocas de metro se convertían en un fluir constante de miradas y rutinas. Cientos de pasos se dirigían a sus quehaceres cotidianos, y más de un tobillo me llamó la atención por la frescura de sus pasos, femeninos y sensuales, como los tuyos, los que siempre espero. El corte inglés había abierto sus puertas, y anunciaba con descaro las mejores ofertas que podían encontrar aquellas personas que, por fortuna para ellas, no necesitaban controlar sus gastos. A mi derecha, a las puertas del Palacio de la Comunidad, en cuya pared estaba abandonado a mi suerte, una pareja de guardia civiles eran relevados del cargo por un par de pantalones orondos y unos tricornios cargados de mala leche. Como si hacerse el duro sirviera de algo hoy en día.

Antiguamente, el edificio donde te esperaba apoyado había sido la Casa de Correos. Pensé en las miles de cartas que se mandaban los enamorados de la época, antes de que la guerra civil separara sus caricias y sus anhelos. Cuantas almas trituradas habían dejado atrás aquellos días. Cuantas noches sin sentido, cuantas balas equivocadas, si es que alguna bala ha sido certera alguna vez. La historia siempre volvía a Madrid, el reloj que cuenta los años sin importarle nuestras ofrendas ha sido testigo de multitud de acontecimientos que son necesarios recordar, aunque sólo sirva para honrar la memoria de nuestros abuelos.

Hacía ya tiempo que se me habían secado las ropas y el pelo, y el sol iluminaba los rostros y recortaba las faldas. Me sobraban el abrigo y el jersey y, a falta de lugar donde dejarlos, los doblé sobre mi brazo. Había apurado ya la media cajetilla que me quedaba y que había terminado de fumar no ya para conservar el calor, resultaba evidente que no era necesario, sino por puro aburrimiento. Sin nicotina que llevarme a las venas, decidí sustituirla por colesterol. Así que me acerqué a “la mallorquina”, a tan sólo unos pasos de distancia, y compré dos de sus famosas napolitanas de crema, para compartirlas contigo, a pesar de que sabía con toda certeza que acabaría por engullir ambas. También compré suerte en “el doblón de oro”, a sabiendas de que era gastar dinero en balde.

Mi desembolso me había llevado más tiempo del que esperaba y, a la vuelta, recostada contra la pared en el mismo punto en que yo había estado aguardando, como si notara mi calor, me saludaba una sonrisa radiante, llena de promesas, de momentos compartidos, de buenos augurios, de largos días y placenteras noches.

-¿Donde te habías metido? Llevo un rato esperándote. – Me soltó con la gracia natural que caracteriza a las mujeres que creen haber madurado, pero que aún conservan sus guiños de niña.
– Aquí al lado, fui a comprarte esto.

Finalmente, pude entregarle la napolitana de crema. No merecía la pena hablarle del tiempo que había estado esperando. Me era imposible, ante aquellos sinceros ojos, hacer reproche alguno.

– Vamos, que llegamos tarde a la firma de libros de Rodolfo, y hace mucho que no le vemos.

Y así, caminando a su lado, volví a creer en canciones y alquimistas, en futuros y vidas, en señales y esperanza.

Y en revoluciones.

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