El último recuerdo

Se despertó lentamente, como saliendo de un sueño eterno, resurgiendo de aguas profundas y oscuras, donde su identidad se hundió hace ya tanto tiempo. Dejó que sus pupilas se acostumbraran a las primeras luces del alba y que el agradable aroma a bosque en el aire llenara sus pulmones.

Muy despacio, deslizó un pie hasta el suelo y apoyó en él parte de su peso, aumentado ligeramente con los años transcurridos. Finalmente, se levantó y arrastró su cuerpo hasta el baño. Antaño sus movimientos había sido gráciles y seguros. Hoy, un paso vacilante dominaba sus cortos paseos. Se miró al espejo y vio una imagen que no pudo reconocer, a pesar del esfuerzo. Acarició casi con mimo las arrugas que formaban su rostro y rompió a llorar, como cada mañana, al recordar de golpe su nombre.

En otro tiempo, había sido conocida como Erika Berger. Era lo único que le quedaba de su antigua vida: un nombre. Nada más. Todo lo ocurrido anteriormente a esa mañana había desaparecido de su mente, tal vez para siempre, dejando tan sólo una abstracta sucesión de imágenes oscuras y vacías, sin vida ni textura.

Permaneció sentada delante del espejo durante lo que pareció un tiempo infinito, repasando los pequeños retales que le llegaban a intervalos a su cabeza. Recordaba haber estado casada, pero no con quién. Recordaba también haber sido alguien importante, pero no por qué.

Aún con lágrimas en los ojos y en el alma, se acercó a la cocina y se preparó un desayuno que le supo a derrota. El sol ya había alcanzado una buena altura, pero su luz no bastaba para iluminar una vida cansada y olvidada.

Ya en el salón, encendió el televisor y observó durante horas el canal de noticias. Por la pantalla pasaban imágenes que nunca habían significado nada ni lo harían, seguramente, en ningún momento de su existencia.

Apagó el aparato con disgusto, y un reflejo fortuito le hizo fijarse en un viejo marco que descansaba sobre una deslustrada mesita. Alargó el brazo y lo atrajo hacia sí. En la imagen, un apuesto hombre la miraba con ternura. Sonrió mientras acariciaba el cristal con los pulgares y su pechó se inundó con un calor placentero y delicioso. Lloró de nuevo, pero esta vez de alegría contenida. Abrazó dulcemente el retrato, y poco a poco fue cerrando de nuevo sus ojos.

Y así, en la pequeña cabaña de la isla de Hedeby, sólo quedo una mujer maltratada por el tiempo, cuyo último recuerdo estaba dedicado al único hombre que alguna vez le había regalado su vida sin esperar nada a cambio. Erika Berger se dormiría para siempre con un nombre grabado en la eternidad de su sueño:

Mikael Blomkvist.

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Este microrelato resultó ganador en un concurso organizado por FNAC que tenía como temática la saga Millenium.

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