La habitación de los deseos

Entonces decidí darle la vuelta al mundo.

Me levanté enérgicamente y, a paso rápido, casi corriendo, recorrí el largo pasillo que me llevaba a la habitación de los deseos imposibles. Un nombre paradójico. Si eran imposibles ¿por qué había tantos mecanismos que los podían hacer realidad?

Así que accioné la palanca. Después giré cuatro volantes. Con calma, ajusté siete engranajes. Manipulé quince válvulas. Encajé tres matrices. Pulsé concentradamente los cinco botones precisos del panel principal y, finalmente, devolví la palanca a su estado original.

En realidad no era necesario un cambio tan radical. Seguramente bastaba con un toquecito allá, un empujoncito a este otro lado, un buen cepillado y restregar un poco un trapo enjabonado. Pero las cosas o se hacen, o no se hacen. No iba a cambiar el mundo para dejarlo como estaba.

Sí, era consciente de que la gente nunca sabría lo que había pasado. Estaba totalmente seguro de que, cuando la máquina hubiese acabado su trabajo, todos los recuerdos se reescribirían. Ni siquiera yo mismo sabría que la causante de aquella sensatez había sido mi traviesa mente. Pero estaba seguro de que sería divertidísimo.

Hecho y pensado esto, volví a la sala de permanecer y me senté a observar los resultados que, sin duda, ya habían empezado a desencadenarse. Encendí los monitores de vigilia arraigada y, con los ojos bien abiertos, miré cuanto pasaba en la faz de la tierra: Empezó a llover riqueza en las zonas más pobres. El ensimismado dueño de un ático en el centro empezó a recogerla y, una vez recolectada, la juntó con la suya y la repartió entre todas las personas que, al contrario que él, habían nacido en la redundancia. En los desiertos brotaron plantas de todos los tipos y, cuando floreció la primera de ellas (una flor más hermosa que un amanecer, he de reconocer), un hombre con turbante la recogió, la puso en una maceta de barro, la regó con el agua de su pellejo y se la regaló a la sonrisa más sincera que encontró en una aldea cercana. Las armas se fundieron. Un general llevó algunos de los charcos de metal a una fragua y, con la ayuda de algunos ingenieros y obreros, idearon y construyeron una máquina revolucionaria que poblaría los hospitales del mundo entero. También apareció en escena un hombre llorando en un local oscuro. Mientras lloraba, acariciaba el rostro de una mujer ataviada con medias de rejilla. Le susurró al oído que saliera a buscar el amor de su vida, al tiempo que ponía en su mano una llave con la palabra “libertad” grabada en ella.

Pasó el tiempo. Una hora. Dos. Un día entero. Una semana. Un mes. Yo seguía sentado en el sillón de aquella sala de permanecia. Estaba observando la pantallas que llevaban tantos años emitiendo las mismas noticias ininterrumpidamente. Me quedé pensando y, poco a poco, me fue venciendo el sueño.

Un rato después, desperté.

Entonces decidí darle la vuelta al mundo.

Me levanté enérgicamente y, a paso rápido, casi corriendo, recorrí el corto pasillo que me llevaba a la habitación de los deseos improbables. Un nombre paradójico. Si eran improbables ¿por qué había tantos mecanismos que los hacían realidad?

Así que accioné la palanca. Después giré tres volantes. Con calma, ajusté cinco engranajes. Manipulé doce válvulas. Encajé una matriz. Pulsé concentradamente los dos botones precisos del panel principal y, finalmente, la palanca volvió a su estado original.

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