Los frutos de Fuenlabrada

Esta mañana he visto cómo a una persona se le escapaba un jirón de vida. Este jirón de vida volaba y volaba sin descanso, feliz por su liberación después de tantos años de encierro.

La persona que lo había perdido aún no lo sabía. Sospecho que se enterará dentro de algunos años, cuando busque en sus bolsillos y sólo encuentre dinero.

Al final, de tanto volar, el jirón de vida se atascó en una rama de un árbol fuenlabreño. Estaba ya un poco desesperado, pidiendo a gritos ayuda y pensando, seguramente, que no vale la pena ser libre si no tienes a nadie que te sujete cuando se ve claramente que tu destino es volar solo.

Por suerte, apareció un barrendero de almas. Cuando lo vio venir a lo lejos, el jirón de vida se relajó, sabiendo que pronto iba a ser rescatado. Ese fue mi instante de luz: la relajación del jirón de vida con la vista puesta en su rescate. Parecía un fruto que creciera en un árbol de ciudad.

Después el barrendero se acercó, lo liberó, y lo guardó en uno de los bolsillos de su enorme corazón. Sé que su corazón era grande porque notaba en mi piel el viento que desplazaba con cada gigantesco latido. Es una sensación magnífica.

Estoy seguro de que el jirón de vida será feliz a partir de ahora.

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