Sin mirar

Camino tranquilamente por la calle. Una de esas calles luminosas y anchas, donde puedes andar con los brazos extendidos cual pasajero del Titanic sin rozar una sola de las almas que transitan por ella. Pienso en mis cosas. Mi trabajo. Mi vida. Mi libertad.

De pronto, mientras mis pensamientos vagan por un sinfín de pasadizos secretos, accesibles solo para mí, noto algo que cae a mis pies. Mierda, se me han manchado los zapatos.

Me freno en seco. Pero, ¿qué es lo que ha caído? Y lo más importante: ¿Quién lo ha tirado? Miro alrededor buscando miradas culpables, pero no hay nadie cerca. Es más, hasta ahora no había levantado la cabeza. No había visto que la calle está completamente desierta.

¿Desde un balcón quizá? Pues no, tampoco hay balcones. Curioso: meses, ¡años! utilizando el mismo camino de casa al trabajo, del trabajo a casa, y hasta ahora no había notado que no hay balcones ni ventanas que den a esta inmensa calle. Sólo paredes lisas. Sólo locales comerciales en los bajos, ya cerrados a estas horas.

Así que, para buscar una pista de mi agresor, el cual seguramente esté escondido en algún lugar, observo el objeto que manchó mis zapatos. Tiene una curiosa forma. Podría ser una fruta. Una de esas exóticas. Aunque parece seca. Muy seca de hecho. Es como una pasa gigante, del tamaño de un puño. ¿Qué será? Parece sucia. Saco un pañuelo de papel de mi bolsillo y lo utilizo para agarrar tan extraño fruto, no sea que me vaya contagiar algo. Le doy mil vueltas. Nada. Ni una marca. Aprieto un poco, no mucho, y rezuma un líquido rojizo, muy espeso y mezclado con tierra, el mismo líquido que ha manchado mis zapatos.

Vuelvo a caminar, con resolución, sosteniendo el objeto en la mano, buscando al culpable, cuando comienzo a escuchar un sonido retumbante. Como de tambores. Tumb. Tumb. Tumb. Tumb. Sigo caminando, más rápido, asustado. Tumb. Tumb. Tumb. El sonido me persigue. No se escucha más que mis pasos, veloces en este momento, y ese tambor infernal que nunca para. Tumb. Tumb. ¡Tumb! Cada vez está más cerca, y yo estoy corriendo. Corriendo como no he corrido en mi vida. La calle se ha estrechado, cada vez es más oscura. ¡TUMB! ¡TUMB! ¡Solo quiero que pare ese sonido del averno! ¡Dejadme en paz! ¿Por qué me perseguís? ¿Qué os he hecho? Sigo corriendo y corriendo, no noto fatiga. Sólo desesperación. Locura. Terror. Son alucinaciones. Nada más que alucinaciones. No puede ser otra cosa. ¿Por qué esta calle es cada vez más estrecha? ¿Por qué oscurece más y más a medida que avanzo? ¡QUÉ CLASE DE BROMA ES ESTA?

Sin parar de correr, giro en la primera esquina que veo. Mis pulmones me ahogan. La calle está atestada de gente, con la que no paro de tropezarme. Sigo delirando. El extraño fruto, en mi mano, crece a medida que pasan los inagotables segundos. ¡TUMB! ¡TUTUMB! ¡Para! ¡Por favor! ¡Para! No puedo soportarlo más… por favor… estoy cansado, no quiero seguir corriendo… déjame parar.

El delirio hace que, dentro de mi puño, un fuerte latido viscoso me llame la atención. Asustado, sin parar de lo que ya no es una carrera, sino una lucha frenética por la supervivencia, suelto el fruto que está encerrado en mi mano, pugnando por escapar. Mientras sigo corriendo, a lo lejos, muy atrás, escucho como en un sueño una suave y compasiva voz:

– Pobre hombre. Otro al que se le ha caído el corazón.

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