Confesión

 – Sí, fui yo.

     La mirada de aquel agente estaba a medio camino entre la incredulidad y la pena. Resultaba extraño. Ante la confesión de tan horrible crimen, cualquiera supondría que yo recibiría poco menos que el odio y la ira de cualquier persona que, alguna vez en su vida, haya tenido un sentimiento.

     Pero no. Incredulidad y pena. Sobre todo pena. Parecía a punto de echarse a llorar. Pensé que, en algún momento, se sentaría a mi lado y, palmeándome la espalda cariñosamente, me diría: “No te preocupes, todo irá bien”. Sin embargo, continuó ahí sentado, frente a mí, con los brazos cruzados sobre la mesa que nos separaba, con la luz del fluorescente parpadeando en su pupila. Mirándome.

     – ¿Cómo sucedió? – Fue su siguiente pregunta.

     ¿Cómo sucedió? ¿Cómo se supone que podría responder a esa pregunta? Supongo que tendrá que ver con la edad. Con los años que pasaron desde que empecé a forjar mi plan, hasta que llegó a su destino fatal. Empiezas sin darte cuenta. Sólo quieres ser una persona “normal”. Integrarte en la sociedad. ¿No es lo que todos queremos? Sí. “Normal” sería la palabra. Tener un trabajo, un coche que te lleve hasta él, y un lugar donde descansar al volver. Pero ella quería alejarme de aquello. Siempre me hacía parecer un bicho raro. Un “friki”, como dicen ahora.

     Así que empecé a trazar mi plan con lentitud pero con pulcritud. Me compré un despertador y, aunque al principio no le hacía mucho caso, al cabo de un tiempo decidí levantarme cuando la corneta interrumpía mi sueño (sueños, por cierto, cada vez mas realistas). Ducharme y afeitarme cada mañana, bien apurado. Convertí mis camisetas en trapos y las repuse con camisas y corbatas. Polos para los viernes, que son más informales. Rescaté del destierro mis viejos zapatos de piel y les di una buena mano de betún, para que pudieran guiar con dignidad mis firmes pasos. Abandoné la bicicleta en el trastero y, al tiempo que se oxidaba, mi coche fue haciéndose más y más grande, y más y más potente. La mochila no combinaba con el traje, así que para poder llevar el ordenador portátil, el ipad y el cuaderno corporativo me hice con un maletín. Negro, of course. ¡Ah, sí! También empecé a utilizar términos en inglés. Ahora asistía a cursos de “coaching”, para poder convertirme en un buen “project manager”. Regalé la consola a mi sobrino y me apunté a clases de “spinning”. Cocinaba después del gimnasio y guardaba las tarteras (ahora “tappers”) con la comida del día siguiente en el frigorífico. Mientras me sentaba a cenar, veía un rato el programa de moda en la televisión y seguidamente me acostaba.

     Llamé a todos mis compañeros del instituto y del colegio, y quedábamos cada sábado para contarnos lo bien que nos iba, para enseñarnos las nuevas aplicaciones que habíamos instalado en nuestros smartphones, y para discutir sobre quién ganaría la liga ese año. Ya no tenía cómics. Los metí en una caja y los vendí al peso en el rastro, así que me hice con algunos libros que quedaran bien en mi ahora vacía estantería, y empecé a leer relatos de autoayuda y poesía de William Blake, por si podía usar alguna de sus frases en las presentaciones de diapositivas de mis reuniones.

     Se me ocurrió que los domingos, para estar en forma toda la semana, podría gastar las mañana en el SPA, y darme un merecido masaje por la semana tan productiva que había tenido.

     Aún después de todos estos cambios, ella seguía allí. Vigilaba cada movimiento que hacía y me susurraba al oído frases que no quería oír. Yo ignoraba sus palabras y, cuando se hacían insoportables, me daba por gritar a alguno de los empleados a los que coordinaba. Después me decía que la culpa era de su inutilidad y del stress… pero en realidad sabía que era culpa de ella.

     Le conté todo esto al agente, que seguía observándome con su mirada acuosa. Pestañeó, suspiró levemente, y me lanzó la pregunta que importaba, aunque sonó más como una afirmación:

     – Fue entonces cuando la mató.

     Asediado por esos ojos compasivos, me derrumbé sobre mis manos. A pesar de que me habían repetido hasta la saciedad que llorar no es cosa de hombres, mis lágrimas prorrumpieron furiosas por primera vez en muchos años. Mientras mojaban mis dedos, y entre jadeos, conseguí pronunciar un doloroso “sí”.

     – ¡Sólo quería ser normal agente!

     Mientras duraba el interrogatorio, su cuerpo se pudría en la morgue y en un rincón de mente. Cada vez más arrugada, cada vez más insignificante.

     Finalmente el agente, con toda la ternura que pudo reunir, me volvió a esposar y me guió tranquilamente, con la palma de su mano apoyada en mi espalda a modo de consuelo, hacia la celda que ocuparía el resto de mi vida. No he pasado un solo día en esta sucia celda en el que no me arrepienta de haberla matado.

     Adiós, infancia. Allí donde estés, espero que puedas perdonarme.

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