Un nuevo mundo

A veces se encuentran tiradas por ahí, otras veces, perfectamente ordenadas en una secuencia muy concreta. En otras ocasiones los niños juegan con ellas y las distancian o unen a su antojo, con o sin significado. Más de una vez animan a las masas o alegran al individuo. En casos concretos te hacen llorar, de tristeza o de júbilo. Sigue leyendo

La habitación de los deseos

Entonces decidí darle la vuelta al mundo.

Me levanté enérgicamente y, a paso rápido, casi corriendo, recorrí el largo pasillo que me llevaba a la habitación de los deseos imposibles. Un nombre paradójico. Si eran imposibles ¿por qué había tantos mecanismos que los podían hacer realidad?

Así que accioné la palanca. Sigue leyendo

Mensaje en una botella

Cuando Ike leyó el mensaje de la botella, entonces, y sólo entonces, de sus ojos brotó la primera lágrima de felicidad que nunca conociera el mundo.

Ésta fue la primera vez que Ike se sintió acompañado. Pero no fue la única, y de alguna manera él lo supo antes de que llegaran las siguientes botellas.

Años después, un viajero encontro en la playa una hilera interminable de botellas de todas las formas y colores. Cada una de ellas contenía una lágrima cristalizada de felicidad.

Corazón de leon triste

Corazón de león triste
planetas de tinta azul
vidas en blanco
soles vacíos
y sus ojos…

Muerte de luz sucia
aguas extintas
mundos concéntricos, crecientes
átomos inconexos
iones de fé
su piel…

Jirones de emoción
tan faltos de ti.
Cataratas de pronombres
y el verbo mentir.
Tú. Tú. Tú.
Al final
solo existes

tú.
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La era del basilisco

Y entonces el basilisco abandonó la cueva en la que se hallaba recluido, y los hombres volvieron a convertirse en piedra.

Y los obreros de antaño, que dieron su vida para encerrar a la bestia, se removieron en sus lechos de tierra. Y las estatuas erigidas en su honor se derrumbaron.


El basilisco posó su paralizante mirada en todo aquel que mostraba debilidad y, poco a poco, los ánimos de los hombres fueron mermados. Sigue leyendo

Ciervos

Lo que más me gusta de mi trabajo es observar a los ciervos.

Pareciera que mi trabajo consistiera en catalogar aves, o en ejercer de guardia forestal, etc. Nada más lejos de la verdad. Trabajo, como muchos ya saben, en una empresa de ingeniería de telecomunicaciones. Y aún así, lo mejor de mi trabajo es poder ver, de vez en cuando, a los ciervos.

Pueda resultar extraña esta afirmación si el lector desconoce por completo el contexto en el que se encuadra la misma. Sigue leyendo

El último recuerdo

Se despertó lentamente, como saliendo de un sueño eterno, resurgiendo de aguas profundas y oscuras, donde su identidad se hundió hace ya tanto tiempo. Dejó que sus pupilas se acostumbraran a las primeras luces del alba y que el agradable aroma a bosque en el aire llenara sus pulmones.

Muy despacio, deslizó un pie hasta el suelo y apoyó en él parte de su peso, aumentado ligeramente con los años transcurridos. Sigue leyendo

Con los ojos de un niño

Los papás de Pau (cinco años) están separados. Un día estaba Pau viendo en la tele una peli donde un cura estaba casando a una pareja y decía la frase: “Hasta que la muerte os separe”, y acto seguido Pau le dijo a su madre: “Mamá, ¡papá y tú estáis muertos!”.Frases célebres de niños 2. El hormiguero. Pablo Motos.

Me encantaría poder seguir viendo el mundo con los ojos de un niño. Un día, sin darte cuenta, te levantas y te has convertido en la cucaracha de Kafka. Has perdido la lógica y los sentidos. La mentira es una parte fundamental de tu existencia y se te olvidan completamente los detalles más importantes.

Crees que lo sabes todo sobre la vida, que los niños no comprenden el mundo como lo pueden hacer los adultos, y que la única forma de ser feliz es luchar duramente por lo que quieres conseguir. Y resulta que ni siquiera sabemos qué queremos conseguir.

Sin embargo, los niños lo tienen bien claro. Como Pablo, que con cinco años, un día le dijo a su madre: “Mamá, ¿sabes cual es mi mayor tercer deseo? ¡Comerme un melón entero!”. Mirad, que meta más sencilla y fácilmente alcanzable. Sin embargo, a Pablo, cuando crezca, se le habrá olvidado su mayor tercer deseo. Y comer un melón entero no le hará tan feliz como podía hacerle con 5 años… ¿qué es lo que nos hace cambiar de ese modo? Si alguien lo sabe, por favor, que me de la vacuna. Y que se la pase a Pablo también. Que le hagan feliz.

Luego llega el pequeño Paco quien, con tan sólo ocho años, después de que su hermana le comentara, en un día de abundante lluvia, que aquello parecía el diluvio universal; a él sólo se le ocurrió suspirar: “El Diluvio Universal, y yo sin conocer el amor”.

Parece que toda nuestra vida, de pronto, se centra en una sola frase: “El Diluvio Universal, y yo sin ser rico todavía”.

Empezamos a complicarnos la existencia con aquello que nunca tendrá importancia, y morimos mucho más viejos y más sabios, arrepintiéndonos en nuestros últimos momentos de las decisiones que nunca tomamos.

Hay quien dice que la sabiduría te llega cuando ya no puedes hacer nada con ella. Yo no lo creo. Creo que la sabiduría nace con nosotros, se desarrolla, tiene su punto álgido en la infancia y, pasada esa corta fase de la vida, la vamos perdiendo poco a poco…

También creo que Pau tiene razón cuando le asegura a su madre que ella y su padre están muertos. Al fin y al cabo, si no vives la vida, es porque estás muerto. Y si aquello que más te importaba ha pasado a ser todo un estorbo… entonces… ¿qué nos queda? Los padres de Pau se convirtieron en zombies. En personas que se dejaron el músculo motor olvidado en la taquilla del trabajo. La muerte ya no supone una diferencia.

Sin querer, todos empezamos a morir un poco cuando crecemos. Se nos instala un virus molesto y degenerativo que nos hace perder lo importante en los lugares menos indicados… te dejas la amistad olvidada en la barra de un bar, los principios en el bolsillo de aquella vieja camisa, y el amor en una balda del supermercado. Las lágrimas se evaporan en silencio, junto al humo de los coches, y la risa se ve ahogada por el ruido de la ciudad.

Lo peor de todo es que apenas lo identificas como amenaza, y de alguna manera crees que la vida siempre ha sido así. Que no hay otros caminos. Oímos a cantores gritar al oído de la gente que otro mundo es posible, y les ponemos una imaginaria camisa de fuerza.

Y yo, como esos locos trocadores, les pido humildemente que, si alguien la conoce, por favor, me inocule esa magnífica vacuna. Aquella que nos traerá de nuevo la alegría. La que nos hará deshacernos de nuestros mejores trajes. La que derrumbará nuestras lujosas casas hipotecadas. La que reducirá a escombros los supermercados. La que abrirá las puertas de los manicomios. La que, por fin, nos devolverá la sabiduría que perdimos siendo niños.

Bien aventurados los niños y los locos, porque de ellos nacerá nuestra esperanza.

*Las frases de niños incluídas en el texto están sacadas del libro “Frases célebres de niños 2. El Hormiguero”
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La larga espera (II)


Otro lugar, otra gente, pero la misma magia.

Después de más de cien años de experiencia, “Els quatre gats” seguía desprendiendo esa luz elegante e intima que atrajo antaño a tanto genio sin lámpara. A tanto loco. Y como un loco más me senté a esperarte en esa preciosa mesa de madera vieja que me invitaba a tomar uno de los mejores cafés de Barcelona mientras me permitía contemplar el amarillento lienzo de Ramón Casas, preguntándome cómo unos simples trazos podían significar tanto… Incomprensible. Como tu sonrisa: siempre la misma, pero siempre renovada, llena de gracia, de brillo, de mil sensaciones y vivencias compartidas.

Mi ánimo empezaba a despuntar gracias a tu recuerdo. La lluvia me había perseguido durante casi todo el trayecto y, ahora que esperaba tu llegada, empezaba a salir el sol… como siempre que te espero. Supongo que el mundo se pone a mi favor cuando son tus pasos los que se aproximan. Empecé a recordar la última vez que te había esperado tanto tiempo: fue en Madrid, un día gris que se iluminó con tu llegada, cuando Rodolfo presentaba aquel libro de poemas que guardarías en tu mesilla de noche durante el resto de tu vida. La casualidad había jugado a mi favor, y ahora era Barcelona la que nos acogía entre sus cálidos brazos, aquellos que sabían a mar y a melancolía.

Pensar en el pasado me entristecía. Me hacía recordar el día en que la vida acabó para mí, el día en que te dejé marchar. Cierto. No era el momento ni el lugar apropiado para nosotros, pero eso no hizo que doliera menos. La vida es menos vida cuando confundes tus preferencias… Pero no es momento para autocompadecerse, sino para enmendar errores. Esta vez me mantendré a tu lado con todas mis fuerzas.

Pedí ese aromático café con leche, con dos azucarillos, y decidí que aún no debía pedir el tuyo. Habíamos quedado hacía tan solo diez minutos. Si tus costumbres seguían siendo las mismas, aparecerías justo en el momento en que yo saliera a estirar un rato las piernas. Y yo seguiría mintiéndote, haciéndote creer que era yo el que llegaba tarde. Todo seguiría como si nunca hubiéramos desaparecido el uno para el otro. Como si esos dos años separados se hubieran convertido tan sólo en un jirón de recuerdos de humo. Y eso era exactamente lo que pretendía lograr, que la soledad se borrara de mi diccionario y que la felicidad fuera, desde ese momento y para siempre, la única palabra que pudieras hallar en el tuyo.

Por eso iba preparado. Si la última vez que te esperé íbamos a ver a Rodolfo, esta vez escucharíamos a su hijo, Ismael. El Palau de la Música, con su mezcolanza de estilos, sería la antesala del magnífico espectáculo que presenciaríamos esa noche. David Martín sería testigo de nuestro paso desde su balcón, después de esconder bajo el colchón aquel inolvidable volumen de Grandes Esperanzas, mientras Zafón le dibujaba una larga vida, llena de misterios y cementerios olvidados.

Al tiempo que apuraba mi café, “Els quatre gats” era invadido por una jauría de turistas ansiosos por conocer el lugar donde se forjaría el amor entre Isabella y el tímido Sempere. El repentino escándalo fue la escusa perfecta para salir a pasear por los alrededores. La calle puerta del ángel, llena de actividad, baratijas y retales, era el lugar ideal para seguir perdiéndose entre los recuerdos de la ciudad. Mientras examinaba una antigualla, fingiendo cierto interés, un brillo especial iluminó todos los objetos metálicos de aquel puesto… Un brillo que me hacía sentir más joven y sabio. A ese fulgor le acompañó una maravillosa voz, situada a mis espaldas, a la que el teléfono nunca le había hecho justicia:

– Pensé que habíamos quedado en “Els quatre Gats” -dijo risueña-.
– Sabía que pasarías por aquí -Mentí, mientras mi mirada se perdía en el maravilloso mundo que se veía en sus ojos-.
– Bienvenido a Barcelona.
– Bien hallada, siempre quise encontrarte aquí -“Aquí y en cualquier lugar”, quiso decir mi corazón-.

Al caminar calle abajo, relatándonos los años perdidos, me cogiste de la mano con sinceridad y yo, sabedor de que las segundas oportunidades son las que dan sentido a la vida, apreté tu mano depositando en ella todo el amor que se me olvidó darte en años pasados.

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