Sin fuerzas para perder

Acéptalo. Sé que una vez fui tu mejor error. O puede que fueran dos veces, no lo recuerdo. Lo que sí sé es que siempre estuve allí para recordártelo. La mitad de mi ser se fundió con tu mirada nada más encontrarnos, y desde entonces voy a medias con la vida. Ni siquiera sé por qué te escribo esto, si ahora no eres nada ni nadie, si nunca lo fuiste.

Ayer, mientras caminaba por los sueños de otro, se me cruzó un malhumorado Jack Nicholson con la cara toda pintarrajeada, y me preguntó aquello de: “¿Has bailado alguna vez con el diablo a la luz de la luna?”. Sigue leyendo

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Envidia insana

“No se trata de no tener enemigos, porque eso es tan imposible como tener demasiados amigos. Lo que sí tiene sentido es vivir lo suficiente como para que tus enemigos, algún día, desde su intimidad más inconfesable, no lo puedan evitar y por un momento… se avergüencen de serlo.”
Risto Mejide. El pensamiento negativo.

Me he visto en la obligación más pura de citar a tan carismático personaje al leer sin tregua sus malditas palabras. Malditas digo, porque no sé que oraciones heréticas pronuncia antes de escribir cada uno de sus artículos, que casi siempre crean la necesidad imparable de llegar hasta el final, y te dejan con más sed de la que sacian, que es mucha.

Cada viernes recorro ansioso las insulsas páginas del diario ADN, insulsas como las de (casi) cualquier diario actual, hasta llegar expectante a las puertas de la redención mediática, que son sus “hartículos“, siempre con hache, para molestar un poco más, supongo. Si existiera un Risto en cada publicación, tendríamos una visión mucho más honesta de las mismas. Con un par (de Ristos), ya estaríamos hablando de revolución en la prensa.

El caso es que, cuando termino de leer el escrito de Mejide, me quedo con una sensación desbordante de haber metido la pata hasta el fondo. No por haber leído con tantas ganas la columna, no. Sino por darme cuenta de que el muy “…” tiene toda la razón del mundo, y hace mucho tiempo que salí del camino de baldosas amarillas, perdiendo completamente el rumbo.

Le odio.

Le odio por cómo escribe. Le odio por como piensa. Le odio por como vive. O por cómo dice vivir. Le odio por tantas cosas, que ya no me cabe más odio en mi baúl de sentimientos, y sin poder evitarlo estoy desbordando este odio a mi alrededor, contagiándolo en el más doloroso de los “te lo dije”.

Y como todo odio que se precie y se deje nombrar como tal, éste mío nace de la más cochina de las envidias.

El día que consiga acercarme a su grandeza literaria y librepensante, el día que consiga que todas las críticas destructivas me resbalen por la piel como gel de ducha barato, el día que sea capaz de crear, como los crea él, un juego de palabras tan mordaz y espontáneo como para hacer llorar de ingenio a un pobre aprendiz de mago… Entonces, decía, y sólo entonces, será cuando me atreva a gritar a los cuatro vientos que, si alguna vez fui escritor, se lo debo todo a mis vivencias. Hasta ese instante, sólo seré un pobre diablo que nunca pudo molestar a nadie. Hasta ese día, seré un recolector de palabras necias, incapaz siquiera de conseguir que mis “enemigos, desde su intimidad más inconfesable, se avergüencen de serlo“.

De momento, me conformaré con ser aquél que se avergüenza de ser enemigo de otro. Y con parafrasear a los grandes, que para eso no es necesario ser ningún genio.

Como diría aquél: Muy buenas noches y mala leche.

My birthday

No entiendo muy bien qué tiene de especial un día como éste. Es mi cumpleaños, sí, pero ¿qué celebramos?

A menudo deseamos que todo acabe, deseamos no haber nacido, deseamos que el mundo explote. Bajamos la guardia y nos dejamos embaucar por el miedo, la desidia, el desdén. Caminamos con el alma sin afeitar y con el corazón desaliñado. Dejamos que nuestras ideas caminen por la calle en pijama, sin llamar la atención, sin adornarlas con las necesarias joyas que otros se empeñan en regalarnos. Caemos en la desesperación mientras miramos cómo el mundo se desarma en pedacitos, los mismos pedacitos que luego se reparten los poderosos, y pensamos: “¿Qué más da?”.

Pero, de pronto, llega el día de nuestro cumpleaños. Por alguna razón desconocida, los males del mundo salen disparados por la ventana. Los espantos huyen como huirían de la daga sutil. Las sombras explotan y los rincones más sucios se llenan de luz. Cogemos con las dos manos el cáliz de madera, el santo Grial, y como un Indiana Jones de contrabando arrojamos su contenido, el elixir de la vida, sobre las heridas de nuestros semejantes. Salimos de la armadura oxidada que un día nos convirtió en caballeros, y decidimos convertirnos en personas. Merlín nos ofrece una copa de vida. Adenar de Amaula nos libera de los insectos que dictan nuestros pensamientos. Por un día, somos libres. Por unas horas, somos generosos. Por unos momentos, somos amables. Por unos instantes, somos humanos.

Y vuelve el día siguiente y, también sin saber por qué, volvemos a encajarnos nuestra coraza, con el afán de lidiar con otros caballeros, matar dragones y rescatar princesas. Volcamos la copa que Merlín nos ofrece. Volvemos a mandar al joven Adenar al manicomio del que rescatamos. Volvemos a cerrar las ventanas dejando dentro la maldad. Atraemos a los espantos, rompiendo la daga sutil. Volvemos a agarrar el cáliz de oro y a beber de su líquido oscuro y nauseabundo, tirando al vacío el santo Grial.

Entonces ¿qué ha cambiado? ¿por qué durante un día, el mundo nos parece maravilloso, y el resto del tiempo es un prueba que nunca podremos superar? La verdad, no lo sé. Pero creo que nuestra actitud tiene mucho que ver. Cuando crecemos, nos volvemos huraños. Guardamos nuestros mejores momentos en un baúl, esperando que nadie, nadie, nadie los toque hasta que decidamos sacarlos a la luz, una o dos veces al año, como si se fueran a gastar.

Las sacerdotisas que custodiaban el caldero sagrado me enseñaron algo: “una energía gastada atrae una energía similar”. Enseñaban a sus discípulos que, si sólo les quedaba una moneda, la gastaran, porque eso haría que volvieran más. Quizá con las monedas no funcione tan bien como ellas esperaban, pero por la experiencia que puedo tener con mis recién cumplidos veintiseis años, puedo asegurar que sí funciona con los sentimientos. Aquello que damos, seguramente lo recibiremos de vuelta y con mucha más fuerza. Por eso creo que es importante que demos lo mejor de nosotros. Que los demás perciban nuestra alegría, nuestra paz, nuestra esperanza y, sobre todo, nuestra amabilidad. Lo que los demás perciban de ti, será lo que más fácilmente te ofrecerán. Y por usarla a raudales no se nos va a gastar, os lo aseguro.

Éste ha sido un cumpleaños grandioso, lleno de riquezas, y vosotros habéis conseguido enaltecerlo más todavía. Hoy he estado varias veces con los sentimientos a flor de piel y las lágrimas incipientes simplemente por leer vuestros comentarios. Sois un gran regalo. Yo os he mostrado mis sentimientos y, en respuesta, me habéis acariciado con vuestra alma. La novena regla de las sacerdotisas se ha cumplido conmigo. Espero y deseo que a vosotros también os esté pasando.

Muchos son los que me dicen que ya soy un año más viejo. Yo prefiero pensar que, gracias a experiencias como ésta, soy un año más sabio.

Recordando

Seguimos con la melancolía. Casi toda España acaba de pasar por un sábado de tres días. Hoy estamos en un domingo de descanso. Un domingo de reflexión. Un domingo de recuerdos. Un domingo de resurrección. De la resurrección del pensamiento.

No soy creyente. No puedo serlo. Al menos, la lógica me obliga a rechazar al dios católico o similares. No digo que no exista nada, la lógica también me obliga a pensar que hay algo más, algo que inició la creación. ¿Qué? Ni idea. Pero como dice Anne Rice, no puedo creer en un Dios perfecto que permita la existencia de un ser como el diablo. No tiene ninguna lógica. Lo rechazo.

Pero eso no quiere decir que no crea en Jesús. Jesús es un personaje histórico, como tantos. Sería absurdo pensar que un ser que ha generado tantos escritos a lo largo de los siglos, desde su nacimiento, sea totalmente una farsa. Pero no creo que hiciera milagros. Por poner un ejemplo más cercano e indudablemente histórico: El Cid Campeador. ¿Existió? Por supuesto. ¿Tizona, su espada, pesaba más de cien kilos? Absurdo. ¿Era capaz de atravesar a siete personas de una sola vez? Pues si por aquella época hubiera existido “Industrias Light&Magic”, podría ser verdad en nuestras pantallas de televisión. Pero fuera de ahí, imposible. Lo que quiero decir es que, probablemente, Jesús fuera un héroe de hace dos mil años. Un Ghandi de la antigüedad, un místico que hizo muchísimo daño al poder establecido de la época. Un personaje que buscaba la paz a través de la paz. Un revolucionario del pensamiento. Un filósofo.

Y como él hay mucha gente que piensa de la misma manera. Muchos somos los que creemos que otro mundo es posible. Muchos somos los utópicos que intentamos cambiar el mundo a través de nuestros actos y no sólo de nuestras palabras. Y creo que algo hemos conseguido. No me extenderé en esto, porque hay una entrada de hace algunos años (podéis consultar el archivo, creo que es la primera o la segunda) en la que me extiendo un poco más. Con esto lo único que quiero es hablar de alguien que me ha proporcionado algunos de mis mejores recuerdos: Ismael Serrano.

Resulta que uno de estos sábados de tres días… Bueno, eso no es cierto. Fue el miércoles-viernes que precedió al primero de los sábados. Da lo mismo. El caso es que pasé por delante del palacio de los congresos, en uno de los corazones de Madrid. Mis recuerdos empezaron a florecer y mi mente se llenó de sensaciones. De personas, de guiños, de canciones, de vidas. Recordé a familiares y amigos. Recordé buenos momentos. Recordé viejas ideas, o ideales. Recordé la fuerza de mis principios, y recordé a una de las personas que me ayudó a amueblar mi mente a mi gusto. Recordé que nunca había oído hablar de Chiapas ni del Subcomandante Marcos, ni de Emiliano Zapata, hasta que escuché “México Insurgente”; que en mi memoria no existían referencias hacia Víctor Jara, Silvio Rodríguez o Los Parra, hasta que sonó en mi discman “Vine del Norte”; que si no fuera por Ismael, nunca habría sabido de la existencia de Javier Bergia, de Pablo Guerrero, o del magnífico periodista y poeta Rodolfo Serrano. Y, por supuesto, no habría conocido a mis amigas Natalia y Sonia, ni a todas las personas que nos han acompañado en los múltiples conciertos a los que asistimos juntos: Jaime, Alejandro Romano, Alicia, Cristian, Ana, etc. Sé que me dejo mucha gente en el tintero (o en el teclado), pero no puedo nombrarlos aquí a todos. La lista sería interminable.

Los recuerdos son los más valioso que uno puede poseer. Son el único patrimonio de un ser. Lo que nos hace humanos no es el raciocinio, ni el hecho de andar erguidos. Son los recuerdos. Es más, nuestra existencia está determinada por el recuerdo que los demás tienen de nosotros. No existimos hasta que alguien recuerda que existimos. Y en ese mismo recuerdo reside nuestra fuerza, en la persistencia de la memoria, la misma que nos hace cometer los mismos errores, o que nos permite evitarlos. Fijaos, volvemos al principio. Dios existe sólo en el recuerdo. Jesús existe sólo en el recuerdo. Y mañana, todos nosotros existiremos únicamente en el recuerdo.

Ismael y Rodolfo Serrano me ayudaron a cultivar la memoria. Me enseñaron que no somos nadie sin las batallas de nuestros abuelos, las que determinaron el mundo en que viviríamos, y las que debemos recordar para no tener que repetirlas, para que nuestras guerras avancen hacia otras libertades, para que ganemos aquellas en las que ellos se quedaron sin fuerzas para continuar.

Por todo ello, siempre habrá un hueco en mi corazón para la familia Serrano. Parte de mis cimientos fueron construidos con sus manos.

Este sólo es un post de agradecimiento a todo aquél que alguna vez me ha recordado. Gracias a todos vosotros. Sois mis maestros en el arte de vivir. Y por favor, seguid recordándome.

Alas oscuras

Echo de menos a los murciélagos.

No piensen ustedes que me he vuelto loco ni nada parecido. No quisiera que nadie me tomara por un perturbado George Renfield obsesionado con estos animales para satisfacción de su amo y señor. No, para nada. Tampoco es que la novelas de Anne Rice me estén volviendo tarumba (que podría pasar fácilmente, pero por el momento no voy buscando desesperadamente al viejo Lestat para beber su poderosa sangre) y me esté obsesionando con sus “hijos de la tinieblas”. Ni siquiera me he sentado recientemente frente al televisor para deleitarme con las actuaciones de Bela Lugosi o Max Schreck. ¡Diantre! ¡Si tampoco veo Buffy (que los frikis me perdonen)! Nada, nada, que hoy no van por ahí los tiros…

Lo que a mí me pasa es que siento cierta añoranza por el pasado. La memoria, a veces, me juega malas pasadas y me hace recordar tiempos, si no mejores, al menos más ricos. Tiempos en los que existía el respeto por lo natural. Tiempos en los que “El rey león” nos impartía una lección de ecología y biodiversidad con su “ciclo sin fin”. Mufasa nos enseñó que tenemos que respetar a todos los seres, por muy repugnantes o extraños nos puedan parecer, ya que si un sólo eslabón de la cadena se rompe, todas las especies estaremos condenadas a la extinción. Sin más. No existen más misterios. No hay trucos. Las cartas son las que hay, y no existe croupier que pueda proporcionarnos más cuando éstas se acaben.

Realmente es en este recuerdo en el que empieza mi melancolía. Resulta que ayer noche iba andando, como de costumbre, de la estación de tren a mi casa. Caminaba distraidamente cuando, a mi derecha, me pareció distinguir un inconfundible aleteo caótico. Cuando volví la cabeza, no logré ver nada. Se había esfumado. No creo que fuera el caballero oscuro buscando bronca lejos de Gotham, así que deduje que sería un murciélago de los de toda la vida. Entonces empecé a pensar en mi infancia, en aquellas noches en que, mirando por la ventana, podías observar en cualquier momento a estos graciosos animales. Si la noche era clara, siempre podías ver tres o cuatro revoloteando a tu alrededor, y si tenías buen oído, alcanzabas incluso a escuchar su fino gritito. Me encantaba seguir su vuelo desordenado hasta que se confundían con la noche oscura.

Pero de repente… llegaron las fumigaciones. Los antimosquitos. La contaminación. El ruido. El “progreso”. Si esto es el progreso, prefiero olvidarlo. Si el futuro es olvidarme de mi alrededor, me quedo en el pasado. Si avanzar significa dejar morir a la persona que hay en mí, desandaré mis pasos. Si la evolución implica soledad, navegaré hasta redescubrir Pangea. Si la tecnología representa la muerte del murciélago, entonces apagaré el primer fuego creado por manos humanas.

No quiero causar confusión. No estoy en contra del progreso, de la evolución, de la tecnología, etc. Si fuera así, no estaría escribiendo esta entrada en un blog desde un ordenador portátil. Simplemente creo que las cosas se pueden hacer de otra manera. Si basamos nuestro desarrollo en el respeto por lo que nos rodea, seguramente nos sorprendería la cantidad de colores que podemos descubrir, sin necesidad de utilizar para ello un reproductor de alta definición. La tierra nos lo ha dado todo. No la privemos ahora de sus necesidades. No seamos niños egoístas. No maltratemos nuestro medio ambiente.

Esta noche, cuando vuelva casa, espero ver las alas oscuras de otro murciélago. Conservaré la esperanza.

Fiesta en Ca’ Franc

Domingo. Ocho de la tarde. Fiesta de cumpleaños de Fran, el cantautor pepinero.

Gusanitos, patatas, ruedas y cortezas inundan la mesa del salón. Las bebidas aún no han sido derramadas (Coca-cola, Fanta Naranja y alguna que otra cerveza). El sillón ya está copado por familiares y amigos del protagonista, por lo que me toca utilizar una silla o quedarme de pie… Toda la atención está centrada en el pequeño Unai, el hijo de Fran y Mamen, el cual con sus 10 meses ya no sólo anda, sino que se pega unos carrerones alucinantes para un niño de su edad. Pobre Fran, siente celos. Nadie le hace caso. Es más, casi nadie le hace regalos, van todos para el peque. ¿Qué se le va a hacer? Y eso que Fran sólo cumple 8 años (nació el 29 de Febrero, por lo que cumple cada cuatro años, y este tocaba), por lo que podemos considerarle también una criaturita.

Mientras esperamos que lleguen todos los invitados, nos vemos sirviendo las bebidas y comentando las últimas andanzas de nuestras vidas. Ya saben: Microondas que se rompen, películas que tocan la fibra sensible, cosas así. Así que mientras tanto, Fran y David Torrico, junto con el genial Jorge, se encierran juntitos y sólos en la habitanción de matrimonio. ¿Por qué? Pues porque tienen que ensayar, por supuesto, que nos quieren dar un conciertillo casero para amenizar la fiesta de cumpleaños.

Llevan un ratito en la habitación y necesito pasar, ya que hemos depositado nuestros bártulos y abrigos en la misma, y si no cojo la cámara de fotos, me va a ser imposible hacer ninguna. Evidente, ¿no? No pienso describir lo que vi al entrar en la habitación. No, no me atrevo, así que pasamos página.

Cuando ya estoy preparado con mi cámara de fotos, aparecen los artistas. Al menos, dos de ellos lo son. No voy a dar nombres, que luego me lapidan. Nos sorprenden con una versión muy libre de la también muy libre canción (libre simplemente por el hecho de llamarse canción) del Chikilicuatre. Sí, sí, el que va a ir a eurovisión. Y no es coña. Fran incluso se atreve con los cuatro pasos (el “brikindance”, el “crusaito”, el “mikil-yanson” y el “robocó”), con la guitarra a cuestas y todo. Puro espectáculo en el esplendor de su carrera. La de Fran, digo, no la del personaje del tupé. Depués continúan con algunas interpretaciones alternativas de temas de algunos artistas del panorama musical actual y de sus propias canciones. Totalmente alternativas, ya que se les olvida la letra y no son capaces de hacer ninguna entera… Y eso que sólo habían tomado coca-cola.


David Torrico salva la noche cantanto algún tema propio, y alguno clásico cantado en portugués. Ya tiene tela que se sepa canciones en portugues y no recuerde la letra de las que son es español, pero qué se le va a hacer, desde que estuvo con Antonio Gala se ha vuelto un poco rarito. Y lo digo sin intención, no vayamos a pensar.

Las bebidas hace tiempo que fueron derramadas. Después de más de dos horas de canciones, llegan las despedidas. Algunos se fueron bastante antes, incapaces de soportar tal espectáculo de luz y de sonido. Yo conseguí aguantar hasta el final. ¡Como un hombre! De “regalo” me llevé “La historia interminable” de la estantería mi amigo, repleta de películas.

Inolvidable noche Fran. Muchísimas gracias por seguir ahí.

Pinchad aquí para ver las fotos de la fiesta

Cumpleaños Fran 2008

Hairspray

¡Qué gran fin de semana! Ya sé que estamos a martes, pero ayer no tuve mucho tiempo para relatar lo acontecido durante el esperado sábado y el bendito domingo. Lo de bendito no os lo toméis al pie de la letra, que luego empiezan las habladurías y al final alguien termina diciendo que me estoy adoctrinando en el fino arte de dar la consagrada hostia… Puede incluso que en un par de años me encuentre a alguien por la calle y me pregunte sorprendido: “¿Pero tú no eras obispo?” Pues mire, no. No tengo nada contra ellos (bueno, contra alguno sí, aunque no por el hecho de ser obispo), pero oiga, yo no sigo religión alguna… Y es que las malas lenguas son tan malas…

Mi fin de semana fue relajado pero divertido. Lleno de riquezas. El sábado tarde conocí a una amiga virtual. Es decir, era virtual hasta el momento en que apareció ante la puerta de mi casa. El caso es que esta chica, una gallega afincada en Madrid, que conocí en otro blog hace unos años, era una asidua lectora de mis post. De mis escasos post, debería decir. Yo también me aficioné a los suyos. Es poeta. Y buena. Le hice hace algún tiempo una critica espero que constructiva, y se lo tomó tan bien que le cogió cariño a la misma. Después de casi dos años sin saber de ella, resulta que creo un blog en este espacio y me la encuentro. Bien hallada, Laura. Y por fin, después de tanto tiempo, hemos tenido el placer de conocernos en persona.

Siempre me alegra conocer gente nueva, gente con tus mismas ideas, o con ideas contrarias pero tolerantes. Gente con la que poder hablar durante horas y encontrar siempre un tema de interés, sin caer siempre en los mismos tópicos (pues hoy… hace buen tiempo, ¿no?). Sin necesidad de empezar ninguna conversación de ascensor, esas que sólo sirven para llenar los silencios incómodos. Me gusta aprender de los demás en aquellos campos en los que soy totalmente ignorante, y casi siempre se saca alguna enseñanza de cualquier encuentro.

Cuando Laura, después de un café y una larga charla, abandonó nuestra casa por tener otros compromisos fuenlabreños, Mirian y yo decidimos poner en el reproductor de DVD una película que, aunque teníamos ganas, aún no habíamos visto: Hairspray. Pensé que era sólo un musical que trata, como tantas otras películas, de la superación personal y de las apariencias. Pues no, va más allá. Es una historia de racismo, de egoísmo, de traición, celos, amistad e incluso amor. Todo ello narrado de una manera sensacional y simpática. Parece increíble la alegría que desprende la pequeña Nikki Blonsky. Si sigue así, llegará alto. Si no les echa para atrás los musicales, por favor, acerquense al vídeo-club (no voy a promocionar otras alternativas) y si pueden, relajense en el sillón mientras escuchan a la pequeña cantar. Una maravilla. Sin duda, os alegrará el día. Ojalá el cine tuviera más momentos así, mas films alegres sin necesidad de ser comedias, relajantes sin ser aburridos, intimos sin ser dramas, reivindicativos sin ser panfletarios. Seguro que así nos costaría bastante menos rascarnos el bolsillo para pedirle una entrada a la amable taquillera.

Veo que me estoy extendiendo demasiado sin escribir nada especial, nada coherente, nada definitivo. Por lo tanto, para minimizar el riesgo de aburrir al lector bloguero, esperaré a relatar lo acontecido durante la tarde del domingo en otro momento, en el cual disponga además de fotos o algún video para acompañar al texto.

Así que, por el momento, me despido de ustedes con un sencillo “hasta más ver”.