La larga espera (II)


Otro lugar, otra gente, pero la misma magia.

Después de más de cien años de experiencia, “Els quatre gats” seguía desprendiendo esa luz elegante e intima que atrajo antaño a tanto genio sin lámpara. A tanto loco. Y como un loco más me senté a esperarte en esa preciosa mesa de madera vieja que me invitaba a tomar uno de los mejores cafés de Barcelona mientras me permitía contemplar el amarillento lienzo de Ramón Casas, preguntándome cómo unos simples trazos podían significar tanto… Incomprensible. Como tu sonrisa: siempre la misma, pero siempre renovada, llena de gracia, de brillo, de mil sensaciones y vivencias compartidas.

Mi ánimo empezaba a despuntar gracias a tu recuerdo. La lluvia me había perseguido durante casi todo el trayecto y, ahora que esperaba tu llegada, empezaba a salir el sol… como siempre que te espero. Supongo que el mundo se pone a mi favor cuando son tus pasos los que se aproximan. Empecé a recordar la última vez que te había esperado tanto tiempo: fue en Madrid, un día gris que se iluminó con tu llegada, cuando Rodolfo presentaba aquel libro de poemas que guardarías en tu mesilla de noche durante el resto de tu vida. La casualidad había jugado a mi favor, y ahora era Barcelona la que nos acogía entre sus cálidos brazos, aquellos que sabían a mar y a melancolía.

Pensar en el pasado me entristecía. Me hacía recordar el día en que la vida acabó para mí, el día en que te dejé marchar. Cierto. No era el momento ni el lugar apropiado para nosotros, pero eso no hizo que doliera menos. La vida es menos vida cuando confundes tus preferencias… Pero no es momento para autocompadecerse, sino para enmendar errores. Esta vez me mantendré a tu lado con todas mis fuerzas.

Pedí ese aromático café con leche, con dos azucarillos, y decidí que aún no debía pedir el tuyo. Habíamos quedado hacía tan solo diez minutos. Si tus costumbres seguían siendo las mismas, aparecerías justo en el momento en que yo saliera a estirar un rato las piernas. Y yo seguiría mintiéndote, haciéndote creer que era yo el que llegaba tarde. Todo seguiría como si nunca hubiéramos desaparecido el uno para el otro. Como si esos dos años separados se hubieran convertido tan sólo en un jirón de recuerdos de humo. Y eso era exactamente lo que pretendía lograr, que la soledad se borrara de mi diccionario y que la felicidad fuera, desde ese momento y para siempre, la única palabra que pudieras hallar en el tuyo.

Por eso iba preparado. Si la última vez que te esperé íbamos a ver a Rodolfo, esta vez escucharíamos a su hijo, Ismael. El Palau de la Música, con su mezcolanza de estilos, sería la antesala del magnífico espectáculo que presenciaríamos esa noche. David Martín sería testigo de nuestro paso desde su balcón, después de esconder bajo el colchón aquel inolvidable volumen de Grandes Esperanzas, mientras Zafón le dibujaba una larga vida, llena de misterios y cementerios olvidados.

Al tiempo que apuraba mi café, “Els quatre gats” era invadido por una jauría de turistas ansiosos por conocer el lugar donde se forjaría el amor entre Isabella y el tímido Sempere. El repentino escándalo fue la escusa perfecta para salir a pasear por los alrededores. La calle puerta del ángel, llena de actividad, baratijas y retales, era el lugar ideal para seguir perdiéndose entre los recuerdos de la ciudad. Mientras examinaba una antigualla, fingiendo cierto interés, un brillo especial iluminó todos los objetos metálicos de aquel puesto… Un brillo que me hacía sentir más joven y sabio. A ese fulgor le acompañó una maravillosa voz, situada a mis espaldas, a la que el teléfono nunca le había hecho justicia:

– Pensé que habíamos quedado en “Els quatre Gats” -dijo risueña-.
– Sabía que pasarías por aquí -Mentí, mientras mi mirada se perdía en el maravilloso mundo que se veía en sus ojos-.
– Bienvenido a Barcelona.
– Bien hallada, siempre quise encontrarte aquí -“Aquí y en cualquier lugar”, quiso decir mi corazón-.

Al caminar calle abajo, relatándonos los años perdidos, me cogiste de la mano con sinceridad y yo, sabedor de que las segundas oportunidades son las que dan sentido a la vida, apreté tu mano depositando en ella todo el amor que se me olvidó darte en años pasados.

Safe Creative #0903202794039

Anuncios

¡Sal, Neville!


He was putting the food on his plate when he stopped and his eyes moved quickly to the clock. Six-twenty-five today. Ben Cortman was shouting.

“Come out, Neville!”

Robert Neville sat down with a sigh and began to eat.

Richard Matheson. I am  legend.

– ¡Sal, Neville!

Maldito Ben Cortman. Lleva años insistiendo, intentando engañarme. Maldito. Al final caeré. Después de todo, su maldita función dará resultado.
A cada minuto golpea mi maldita puerta, exigiendo que la abra, que deje entrar todo lo que intento dejar fuera. Que me levante de mi maldito sillón y, de una vez por todas, salga a terminar lo que otros ya empezaron. Cobarde. Soy un cobarde. Sigue leyendo

Viejos recuerdos

Hace ya año y medio, más o menos, que me mudé. Salí del nido, como suele decirse, y creé un nido propio. Fue una buena decisión, pero aún sigo moviendo y deshaciendo cajas… increíble.

 
El caso es que, en una de estas cajas, encontré un par de viejos relatos que escribí hace, quizá, unos ocho y seis años, respectivamente… tan sólo he cambiado un par de frases y un par de comas, el resto lo copio tal y como lo escribí, durante las clases:
 
” Apareció en la noche hiriéndome en el corazón. En ese momento yo no sabía si correr o acercarme. Ahora me doy cuenta de las consecuencias de aquella noche… ¡Era tan seductora!
 
Desperté mareado en un hotel ruinoso. Aquella luz que salía del hueco en el techo dañaba mis pupilas. Daba asco mirar las mugrientas paredes. Limpié un poco la ventana con una sábana apolillada. Pude ver una desierta calle. No la reconocí. Entonces fue cuando reparé en que estaba desnudo. mi ropa colgaba de las perchas de un armario en la pared opuesta a la ventana. Un armario sin puertas, de madera vieja, ladeado. Me senté un momento en la cama para recapacitar. Crujió. Observé durante largo rato la puerta de enfrente. En la habitación no había más que los muebles ya mencionados. Ni siquiera una mísera  bombilla, ni una vela.
 
Me vestí rápido y bajé las escaleras de madera. También crujían. El cuello me ardía, el roce de la ropa quemaba mi piel. Antes de salir del edificio, un hombre oculto en las sombras me habló:
 
– Fue una buena noche, ¿eh? – dijo entre risas.
 
Al reír abrió la boca mostrando los pocos dientes que le quedaban, amarillos y negros. Iba vestido con unos harapos que seguramente hubieran salido de algún cubo de basura. Llevaba también unos guantes azules y sucios, rotos por las puntas de los dedos.
 
Quise ignorar aquella frase, pero la verdad es que aún sigo pensando en ella. Aquella frase, escupida por aquel mendigo, me hizo darme cuenta de lo que había pasado. Debía volver a casa. Relajarme.
 
Empecé a caminar sin rumbo. No había nadie a quién preguntar, nadie a quien pedir ayuda. Nadie. Seguí bajando la calle y pronto encontré un bar, al igual que el resto del pueblo, medio derruido. Tenía un cartel colgando de un cable negro, balanceándose, y un toldo rajado en el que a duras penas podía leerse: “El colmillo rojo”.
 
Entré en el bar y me sirvieron un café, el cual no probé. La taza estaba grasienta y el líquido tenía un extraño color. Pregunté cómo podía volver a casa. Primero rió el camarero, le siguió el resto de la gente del bar. Más que responder, sintió curiosidad por saber cómo había llegado hasta allí y volvió a reír. Por fin contestó que debía coger el tren y me indicó el camino a la estación. Curiosamente, era capaz de escuchar todas las conversaciones de la gente de aquel bar, por bajo que hablaran.
 
No hubo más acontecimientos en el camino a casa. Comí algo y me acosté. el sueño me pudo enseguida, aun teniendo plena luz del día.
 
Desperté en mitad de la noche sin una pizca de sueño. No sabía que aquello iba a ser así siempre. Decidí salir de casa. Necesitaba tomar el aire.
 
Busqué algún bar abierto en el que poder encontrar el sueño perdido. Nada. Seguí vagando hasta que vislumbré un reflejo metálico en un callejón. ¿Qué me impulso a acercarme? Aún no estoy seguro de ello.
 
No recuerdo nada más de aquella primera noche. Sólo sé que a la mañana siguiente aparecí en la cama vestido, con las ropas y las manos llenas de sangre seca, y volví a dormirme, como si no me preocupara que la sangre no fuera mía. Sabía que no era mi sangre. Podía olerlo.”
Éste es uno de tanto relatos inconclusos. Se me da bien empezar relatos, pero muy mal continuarlos, y mucho peor concluirlos. Soy bastante malo con los finales. y por lo que veo, al menos en aquellos días, era también bastante malo con los relatos… Espero no haberos aburrido demasiado con éste, para que podáis leer el posterior.
 
El siguiente texto tiene un color parecido, aunque es mucho más claro. Aunque sigue siendo de una calidad bajísima, se nota bastante que fue escrito dos o tres años después, con muchas más lecturas “adultas” por delante. Espero que os guste:
 
1
 
– Jueves, tres de octubre de 2002.
 
Pablo miraba perplejo a aquel hombre, como si no comprendiera el significado de aquellas simples simples palabras.
 
– Perdón, ¿puede repetir? – en realidad sí las entendía.
– Jueves, tres de octubre de 2002. – El hombre, con su gabardina gris, al apreciar la palidez en la cara de su interrogador, inquirió preocupado – ¿Está usted bien?
 
Pablo afirmó con la cabeza y aquel transeúnte se marchó lentamente, a pesar de no estar convencido de que la respuesta recibida fuera cierta.
 
Y así, con las tez blanca como la nieve y un reloj parado marcando las once y media, mientras las agujas en la Puerta del Sol marcaban las seis y doce minutos; así, con sensaciones de terror, inseguridad e incredulidad mezcladas en el estómago y el corazón; así, rodeado de una gran multitud de gente de diferentes razas y culturas, Pablo Jara quedó solo.

Mas sólo de lo que se había sentido nunca.
 
Y su oscuridad lloraba…
 
2
 
Mientras la boca de metro a su izquierda rugía y vomitaba las prisas de la multitud, Pablo intentó buscar refugio en la tecnología y la música: entró en un sitio llamado el corte inglés.
 
Aunque reconocía casi todos los aparatos allí expuestos, de la mayoría de ellos no recordaba su funcionamiento (si es que los había visto funcionar alguna vez), sino tan solo el brillo tenue y sucio que desprendían con el primer rayo de sol, como si intentaran renacer de sus cenizas cual ave fénix.
 
De fondo se escuchaban las versos de una canción: <>
 
Los recuerdos de Pablo seguían alimentándose, y ahora veía a su padre recogiendo uno de aquellos brillos, mientras le decía:
 
– Éste tiene buena pinta, quizá funcione.
 
Y, ¡vaya si funcionaba! Aquel reproductor de cd duró muchos años en su ruinosa casa, quizá el único lujo que quedaba en su barrio, si quitas el televisor de Mike, que desde que cesaron las emisiones no servía para nada. Si acaso alguna vez se filtraba alguna transmisión de ellos, pero nunca nada importante.
 
Pablo escapó de la cárcel de sus pensamientos para mirar el calendario con fotogramas de el señor de los anillos que se encontraba colgado a espaldas de la dependienta. No escuchó cuando éste le preguntó si podía ayudarle en algo. Era cierto. Estaba en el año 2002. Pensó que era una pesadilla o, mirándolo mejor, un buen sueño. Sí, seguramente era eso. 
 
– Oiga, ¿puedo ayudarlo? – de nuevo la voz de la chica.
 
Pero no importaba. ya que era un sueño… Se intentaba convencer de ello, deseaba con todas sus fuerzas y sus sentidos que lo fuera. ¿Con todos? No, en el fondo tenía la esperanza (algo egoísta, recapacitó más tarde) de que fuera cierto. Ya que, al menos durante un tiempo, habría escapado de ellos.
 
Y estaba solo.
 
Se echó una mano al bolsillo izquierdo de su viejo pantalón vaquero y encontró allí alguna monedas. Contó: siete euros. ¿Le llegaría para comer? Y ahora que se daba cuenta… ¿valdría su dinero en el año 2002? Al salir de el corte inglés lo confirmó: un hombre se agachaba para darle un billete de cinco euros a unos ojos cansados y dolidos, y a cambio recibiría dos cds. Springsteen y Serrat. A este último lo conocía. Su madre aún guardaba algunos cds, que escuchaban en aquél reproductor rescatado del cementerio tecnológico. Ella siempre decía que la música amansaba el alma. Y eso era lo único que tenía ahora: Música.
 
Se oía una guitarra. Quizá, antes de ir a comer, podría escucharla.
 
Subió por la calle preciados guiado por la suave melodía y, a la altura de un edificio llamado FNAC, encontró un grupo de hombres, mujeres y niños agolpados, rodeando algo o a alguien que no llegaba a ver aún. Se acercó con cuidado…”
Y eso es todo… Dos relatos inconclusos, con varios años de antigüedad, en un solo post. Espero que sirva para saciar vuestras ansias de lectura. Ya sé que es mucho morro: varios meses sin escribir y, cuando por fin lo hago, es para “copiar” viejos textos. Pero de momento, tendremos que conformarnos con esto.
 
Muchas gracias, os veo pronto.

La larga espera

No sé cuánto tiempo estuve esperando aquél encuentro.

La lluvia golpeaba mis zapatos como si quisiera limpiar todo el mal que llevaban grabado. El arco iris dibujaba una ridícula ilusión en un mundo que no paraba de morir sobre sus propios cimientos. Nunca se me dio bien acariciar el futuro, más bien solía darme de bruces con los acontecimientos.

Mientras esperaba, con el rostro empapado y el abrigo forrado de cristales de hielo, decidí encender un cigarrillo para entrar en calor. Ya no los hacen como antes, ya no huelen a revoluciones. Sin embargo, me sabía a vida. En los momentos más grises, los pequeños placeres son los que nos ayudan a mantener el control.

No era el único que esperaba. La puerta del sol siempre es un lugar de encuentro. La gente pasaba, o bien se quedaba quieta, mirando la desmadejada placa del kilómetro cero, rodeándola, como si no fuera el inicio de todas las carreteras, sino el de todas las esperanzas. Y la mía empezaba a flojear. Los tenues rayos de sol que se colaban entre las nubes de lluvia no lograban levantarme el ánimo. Tú no llegabas, y el castillo de sueños que había formado en mi mente horas antes se había cubierto de hiedra y musgo a falta de princesa que lo habitara.

Es demencial la cantidad de imágenes que pueden cruzarse en el pensamiento mientras esperas vivir. Imaginé que no estaba en pleno Madrid, sino en un desierto de sol, en el que un alquimista de tres al cuarto intentaba regalarme lecciones de vida, como si la vida no fuera lo suficientemente instructiva por sí sola. A base de golpes y dientes rotos, por supuesto. Sonreí para mis adentros, recordando que sólo aquél que alguna vez ha tenido alguna oportunidad puede permitirse el lujo de disfrutar con lo poco que nos ofrece el mundo. No me imagino a ninguna familia etíope mirando al destino con la sonrisa en los labios, por mucho que los libros y las canciones nos cuenten cómo debemos disfrutar de todos los momentos, cómo debemos escuchar las señales. En el vacío que dejan los caciques, el sonido se dispersa y muere. No existen ni los latidos.

Según avanzaba la mañana y se iba despejando el cielo, las bocas de metro se convertían en un fluir constante de miradas y rutinas. Cientos de pasos se dirigían a sus quehaceres cotidianos, y más de un tobillo me llamó la atención por la frescura de sus pasos, femeninos y sensuales, como los tuyos, los que siempre espero. El corte inglés había abierto sus puertas, y anunciaba con descaro las mejores ofertas que podían encontrar aquellas personas que, por fortuna para ellas, no necesitaban controlar sus gastos. A mi derecha, a las puertas del Palacio de la Comunidad, en cuya pared estaba abandonado a mi suerte, una pareja de guardia civiles eran relevados del cargo por un par de pantalones orondos y unos tricornios cargados de mala leche. Como si hacerse el duro sirviera de algo hoy en día.

Antiguamente, el edificio donde te esperaba apoyado había sido la Casa de Correos. Pensé en las miles de cartas que se mandaban los enamorados de la época, antes de que la guerra civil separara sus caricias y sus anhelos. Cuantas almas trituradas habían dejado atrás aquellos días. Cuantas noches sin sentido, cuantas balas equivocadas, si es que alguna bala ha sido certera alguna vez. La historia siempre volvía a Madrid, el reloj que cuenta los años sin importarle nuestras ofrendas ha sido testigo de multitud de acontecimientos que son necesarios recordar, aunque sólo sirva para honrar la memoria de nuestros abuelos.

Hacía ya tiempo que se me habían secado las ropas y el pelo, y el sol iluminaba los rostros y recortaba las faldas. Me sobraban el abrigo y el jersey y, a falta de lugar donde dejarlos, los doblé sobre mi brazo. Había apurado ya la media cajetilla que me quedaba y que había terminado de fumar no ya para conservar el calor, resultaba evidente que no era necesario, sino por puro aburrimiento. Sin nicotina que llevarme a las venas, decidí sustituirla por colesterol. Así que me acerqué a “la mallorquina”, a tan sólo unos pasos de distancia, y compré dos de sus famosas napolitanas de crema, para compartirlas contigo, a pesar de que sabía con toda certeza que acabaría por engullir ambas. También compré suerte en “el doblón de oro”, a sabiendas de que era gastar dinero en balde.

Mi desembolso me había llevado más tiempo del que esperaba y, a la vuelta, recostada contra la pared en el mismo punto en que yo había estado aguardando, como si notara mi calor, me saludaba una sonrisa radiante, llena de promesas, de momentos compartidos, de buenos augurios, de largos días y placenteras noches.

-¿Donde te habías metido? Llevo un rato esperándote. – Me soltó con la gracia natural que caracteriza a las mujeres que creen haber madurado, pero que aún conservan sus guiños de niña.
– Aquí al lado, fui a comprarte esto.

Finalmente, pude entregarle la napolitana de crema. No merecía la pena hablarle del tiempo que había estado esperando. Me era imposible, ante aquellos sinceros ojos, hacer reproche alguno.

– Vamos, que llegamos tarde a la firma de libros de Rodolfo, y hace mucho que no le vemos.

Y así, caminando a su lado, volví a creer en canciones y alquimistas, en futuros y vidas, en señales y esperanza.

Y en revoluciones.

Safe Creative #0807020798807

Concurso Microrelatos de FNAC

La medianoche se convirtió en el albor de los tiempos. Las fuerzas me fallaban mientras me obligaba a mí mismo a seguir un poco más. Quedaba poco y temía el final. Nunca fui bueno para esto. Siempre me queda un vacío imposible de explicar. Pero aún así, tenía que avanzar… ¡Quedaba tan poco!

Me di cuenta de que el final también me temía a mí. Temía mis impresiones, mi crítica, mis comentarios, mi vacío de soledades, mi sentimiento de culpa, mi bolsillo de guardar, mi contacto con sus respuestas, mi lidiar con sus palabras, mi amor y mi odio.

Y como el resto de los temores, este también se tornó sólido. El grosor de una hoja de papel era el elemento clave que proporcionaría todas las repuestas. Con un esfuerzo soberano, pasé por fin la última página. Su contenido me dejó sin aire. Ya no busco respuestas, sólo tus palabras.


Este microrrelato fue escrito para un concurso organizado por FNAC. Describí esa sensación que te queda cuando pasas la última página porque el tema principal a tratar era “el libro”, y es tan cortito porque la extensión tenía que ser de 150 palabras.

Noches de leyenda

Como diría Miguel Bosé, “hay días que nacen sin tu luz”. Y es que así un día nunca puede estar completo. Quiero decir: Si tu luz no me alumbra, mi sonrisa no existe. Es así de simple. No hay postulados, teorías, hipótesis, ni siquiera ideas o pensamientos fugaces que puedan sostener lo contrario. Nada ni nadie se atrevería ni a pensarlo, y si a alguien se le ocurriera acaso negarlo en voz alta, las estrellas vengarían tal ultraje haciendo que parara el universo, el tiempo se invirtiera, y obligarían al sujeto en cuestión a cerrar la boca durante miles de años.

Sin tu luz no hay vida. Sigue leyendo

Sin fuerzas para perder

Acéptalo. Sé que una vez fui tu mejor error. O puede que fueran dos veces, no lo recuerdo. Lo que sí sé es que siempre estuve allí para recordártelo. La mitad de mi ser se fundió con tu mirada nada más encontrarnos, y desde entonces voy a medias con la vida. Ni siquiera sé por qué te escribo esto, si ahora no eres nada ni nadie, si nunca lo fuiste.

Ayer, mientras caminaba por los sueños de otro, se me cruzó un malhumorado Jack Nicholson con la cara toda pintarrajeada, y me preguntó aquello de: “¿Has bailado alguna vez con el diablo a la luz de la luna?”. Sigue leyendo